Suicidio y precariado

En 2012, fallecieron 3.539 personas por suicidio en España, expresando un incremento del 11,3% con respecto a la cifra registrada en 2011, así como un aumento de 359 defunciones en términos absolutos. Unos años antes, el Instituto Nacional de Estadística nos informaba sobre un incremento del 6% en 2008, en cuanto a la frecuencia de esta causa externa de mortalidad en relación a 2007: observamos que el incremento interanual en el quinto año de la crisis económica casi duplicó el ocurrido durante el primer año, además de superar en 82 muertes el dato absoluto correspondiente a 2008 (3.457).

Hay que mencionar que los fallecimientos de 2008 y 2012 resaltan como los valores cumbre en la evolución interanual del número de muertes por suicidio registradas durante los cinco años comprendidos entre ambas anualidades, mientras 2010 (3.158) y 2011 (3.180) destacan como los valores valle del mismo período marcado por una profunda crisis económica, desempleo de masas y aumento de la pobreza. De hecho, al relacionar el número de defunciones por suicidio con la población empadronada, constatamos que la Tasa de Mortalidad motivada por esa causa externa significó 6,7 muertes por 100.000 habitantes en 2010 y 2011, mientras ascendió a 7,4 en 2008 y 7,5 fallecimientos por 100.000 habitantes en 2012. Asimismo, notamos que la muerte por suicidio es, mayormente, un fenómeno masculino, probablemente un efecto de la socialización diferenciada según género.

Evolución mortalidad 2004-2012

En la estadística oficial sobre la mortalidad causada por suicidio no se publica información sobre la condición socioeconómica de la persona fallecida y el posible motivo que pudo abocarla a quitarse la vida. En todo caso, con una mirada retrospectiva hacia los años de crecimiento económico previos a la crisis económica, percibimos que, tras el valor máximo alcanzado en 2004 (3.507 defunciones y una Tasa de 8 por 100.000), se manifestó una tendencia suave de descenso en la frecuencia de las defunciones por suicidio que se agotó con el estallido de la burbuja inmobiliaria-financiera. Al hilo de esa constatación, cabe reflexionar si el aumento en la frecuencia de la mortalidad por suicidio en 2008 y más recientemente en 2012 es una consecuencia derivada de la crisis económica y social en curso.

El sociólogo Emile Durkheim en su investigación sobre El Suicidio (1897) expresaba que el análisis del comportamiento del suicida no se debe limitar a la esfera individual-psicológica, pues también intervienen factores sociales, entre los cuales resaltó la anomía: es decir, la carencia de sentido, propósitos u objetivos vitales que generan unas condiciones económicas, sociales y culturales inmersas en un proceso de cambio profundo, donde se debilita la influencia de los valores y normas, identidades e imaginarios sociales que sujetan o aferran a la vida a los individuos.

Para Durkheim, los suicidios de su tiempo eran, en gran medida, un efecto-hecho social de la modernización liberal -un proceso de cambio radical desde la sociedad tradicional y agraria hacia la sociedad del capitalismo industrial-, en la que las personas tendían a sobrevivir a la deriva, desubicadas de sus redes e identidades en una estructura social en acelerada transformación. Así, en la descomposición de las antiguas clases sociales en su itinerario hacia las nuevas clases sociales de la modernización liberal proliferaba un ambiente de anomía y se manifestaba con más frecuencia la mortalidad por suicidio: el campesinado que emigraba del campo a la ciudad, el artesanado y la pequeña burguesía urbana que no eran competitivos en el nuevo mercado liberal,…; clases que sufrían un proceso de empobrecimiento, proletarización y segregación social. Pero también afloraba entre las nuevas capas sociales más endebles de la burguesía industrial y comercial del emergente capitalismo liberal donde el fracaso empresarial y la ruina económica eran frecuentes.

Basándonos en la teoría de ese sociólogo francés, podemos interpretar el alza reciente de las defunciones por suicidio en España como una manifestación del ambiente de anomía que se propaga en las sociedades de la modernidad neoliberal, inmersas en profundos cambios económicos, sociales y culturales a raíz de la intensificación del proceso de globalización capitalista. Esta crisis económica y social que sufrimos está derivando en una enérgica vuelta de tuerca hacia la utopía del mercado y sociedad neoliberal, donde el desempleo de masas y larga duración, el desclasamiento social hacia abajo, la precariedad y pobreza se expanden por las clases medias y obreras. En general, las élites de la burguesía globalizada impulsan una transformación radical de la clase trabajadora occidental (capas medias y obreras) para que acepte las pautas de híper competitividad y flexibilidad laboral que requiere la modernización neoliberal en curso y se adapte a sobrevivir en unas condiciones socioeconómicas en las que el salario directo sea competitivo en el mercado internacional (con referencia a los países emergentes) y, además, se reduzca sustancialmente el salario indirecto comprendido en el gasto social (Estado del Bienestar mínimo).

En síntesis, con la actual crisis económica y social asistimos a la generalización del precariado (Castel, Robert: Las metamorfosis de la cuestión social), una nueva clase engendrada por la modernidad neoliberal, fruto de la degradación de las clases medias y obreras, pero que presenta atributos sociales que recuerdan a la antigua clase del proletariado industrial de la modernidad liberal del siglo XIX. A grandes rasgos, en el precariado se adscriben ocupados y desempleados en situaciones prolongadas de precariedad laboral, paro y pobreza material, donde prevalecen la carencia e incertidumbre en la trayectoria económico-laboral, así como suele ser frecuente la desafiliación en las redes sociales (deterioro, ruptura y ausencia de relaciones y vínculos) que deriva en la pobreza social.

Indicadores de la crisis 2004-2012

Generalmente, en la actual crisis capitalista se expande la anomía entre las clases que pierden con significación su poder social de negociación de mercado (Prieto, Carlos: Trabajadores y condiciones de trabajo) y son expelidas hacia el precariado. Pensamos que esa anomía genera un estado depresivo colectivo entre los hogares más afectados que puede desembocar en el suicidio de parte de sus miembros. En la propagación de ese ambiente de anomía, hay que considerar factores como la pérdida de empleo, estatus e ingresos económicos, el desempleo de masas y larga duración, los embargos y desahucios de viviendas habituales en propiedad que generan deudores hipotecarios de por vida, la ruina económica de un hogar y su desclasamiento hacia el espacio social de la pobreza severa o exclusión. Pero, también, el estigma social que desacredita y segrega al “fracasado” en un escenario neoliberal donde los valores darwinistas hegemónicos se traducen en una idolatría del éxito y triunfador económico, mientras se rehúye, cuando no se repudia, al que porta el estigma del fracaso. Asimismo, la endeblez de las prestaciones sociales y otros recursos institucionales en España, cuyo constructo de Estado de Bienestar se ve bastante restringido por un fraude fiscal sistemático de la clase alta y que, además, en la presente crisis capitalista está sumido en una pronunciada reconversión por los sucesivos recortes del gasto social que siguen los dictados de la política neoliberal de reducción del déficit público que promueve la Troika (BCE, FMI y CE). En resumidas cuentas, estimamos que son condiciones objetivas que favorecen la difusión social de un ambiente de anomía y de la representación de “no hay futuro”, induciendo a los empobrecidos que son expelidos hacia el espacio social del precariado a la tentación subjetiva de utilizar la violencia contra sí mismos para acabar con la impresión de una trayectoria vital que se siente fracasada y de sufrimiento insoportable.

Elías Trabada Crende
Sociólogo consultor